26 oct 2009

19.

Querido J.
No recuerdo si en alguno de nuestros innumerables momentos de confidencias te he hablado de Don Raimundo. Se trata, te lo recuerdo por si nunca ha estado presente en nuestras conversaciones, del escribiente que se ocupa de mis asuntos de papeles. Es el caso, apreciado amigo, que le pedí que dejara atadas todas las circunstancias en las que transmití el Búho de Oro a Lola, buena moza donde las haya. Sin duda así lo hizo, al menos es lo que yo pensaba; pero, sorprenderte amigo mio, esta mañana me ha hablado por el comunicador portátil para poner en mi conocimiento una pequeña incidencia que no tiene mayor trascendencia si yo no se la doy.


Y ahora es cuando necesito de tu sabio consejo, docto amigo. Las dudas no me dejan concentrarme en mis muchos compromisos sevillanos, y eso, por respeto a la ciudad que tanto me está dando, no lo puedo consentir. Necesito, pues, tomar una decisión. Socórreme, hermano.


Recibe un abrazo de tu buen amigo, Búho.


Post Data.- Tan intenso es mi aturdimiento, amigo, que he pasado por alto explicarte el motivo de mi desazón. Para que veas cuan precisa es tu ayuda.
Te cuento: Parece ser que los documentos relativos a mis asuntos con el Búho, básicamente su arrendamiento y sus condiciones, están perfectamente detalladas y cuidados hasta los últimos extremos, salvo en un detalle: no los firmé. Sí, hermano, debido a la premura por buscar nuevos vientos olvidé estampar mi rúbrica en los documentos, y como lógica consecuencias éstos carecen de valor; por lo que, si lo considerara oportuno, podría volver a tomar las riendas del Búho de Oro. Y aquí está el motivo de mis desvelos: por un lado una voz me reclama volver, y por otra mi condición de caballero me recuerda que la traición, aunque yo la sufra, no debe de tener acogida en un corazon noble, como el que yo pretendo tener.
Ahora que entiendes mi zozobra comprenderás la urgencia y la necesidad de tu auxilio, amigo.  

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