10 oct 2009

13.

Querido J.
Aunque todavia me dura la calentura por tu insidioso mensaje, he de seguir con al narración de mi noche sevillana, amigo J. Y lo hago porque es digno de ser contado y, por otra parte, porque a ver a quién se lo puedo confiar sin caer en la villanía. 


Como te conté, a la salida de la boat se produjo un momento de alta tensión y no fácilmente controlable como consecuencia de una muy comprometida pregunta de Mercedes de Triana; por fortuna mis años de aguerrido mercader me enseñaron a sortear las trampas y las maliciosas inquisiciones, por lo que sin mayores problema salí airoso con una respuesta ingeniosa y poco comprometida: -"¿Paseamos?".
Y nos dispusimos a pasear. 


Antes de comenzar a caminar se despidió de la trianera y de mi mismo una amiga, intima según ellas dijeron, de mi acompañante. Mila, que así se hacia llamar, estuvo revoloteando toda la noche por la mesa que ocupábamos yo y mi nueva amiga. No había hecho referencia a la muchacha, amigo J, porque dudaba en incluirla en el relato debido a unos hechos que sucedieron días después y que podían poner en entredicho mi merecida fama de caballero, pero he recordado de pronto una frase que descarga de todo peso a mi conciencia. Para que no existan dudas ni malvadas interpretaciones cito de manera textual la respuesta de la tal Mila a una observación con la que yo pretendía objetar -bien es cierto que sin demasiado entusiasmo- a una propuesta suya dirigida a tomar infusiones al amanecer en una casa en al que moraba sola y sin compromiso -a decir verdad sí había un compromiso, pero a tan larga distancia que se antojaba imposible su llegada esa misma amanecida-, y después de una noche en la que bebimos juntos en al misma boat en la que conocí a la trianera: "No tengas que preocuparte por eso, Búho, la trianera también me ha levantado novios a mi". Ante tan frío, lógico y femenino razonamiento no pude negarme a tomar infusiones. Confieso, amigo mio, que me ayudaron dos coyunturas imposibles de ignorar; a saber: la figura más voluptuosa, lasciva y ardiente que puedas imaginar en siglos me estaba convidando a té, manzanilla o café en su coqueta casa de mujer sola y emancipada; su rostro no era muy agraciado, bien es cierto, pero más cierto es que no era mujer con la que pasar las horas muertas mirándose a los ojos. La otra circunstancia que valoré para dar el sí a la niña era quizás de más baja calaña, pero que provocaba en mi una insana y agradable satisfacción. Me explico: tenia la oportunidad de compartir empitonamientos a un lado y a otro; por una parte ayudaba a la excitante Mila a vengar las cornamentas que su amiga le había propiciado, y por otro lado desquitaba los cuernos con los que sin duda me habían adornado la testa mujeres en las que confié. Ya ves, amigo J, que acudí a tomar infusiones con la conciencia tranquila y los deseos alterados. Y aquí dejo la narración que, después de todo, corresponde a días posteriores. No digo que no te cuente en alguna otra carta cómo se desarrolló la noche y el sabor de las infusiones. Desde aquello tomé gran afición al poleo y al té verde. 


Retomo, pues, la narración al punto en que comenzamos a caminar la seductora trianera y yo mismo. Como ya he referido, estábamos en al salida de la boat, en la calle de Don Luis de Montoto, y era preciso que mantuviera la cabeza fría, a pesar de lo incendiado de mi corazón, y tomara la iniciativa. En apenas unos segundos tuve diseñado un plan: comencé a caminar en dirección a la esquina con la calle dedicada a Don Luis de Morales, y justo en la esquina tomamos la calle del último Don Luis referido. Y ello, perspicaz amigo, no era casual ya que a los pocos metros pasearíamos por delante de la puerta principal del estableciendo que me daba alojo. En efecto, amigo mio, el plan era taimado, pero arriesgado: no podía dejar al descubierto mis anhelos por fundirme con la bella trianera, pero tampoco era conveniente que pareciese desinteresado, de manera que al pasar junto a la puerta principal del parador ralenticé mi garboso caminar mientras observaba, con un ligero movimiento de cabeza, la entrada a lo que me parecía el paraíso y estudiar así la reacción de mi acompañante, por si aquello me daba alguna pista de hasta dónde podía llegar con la sevillana. La dama, con buen tino, acomodó su paso al mio, mas no se detuvo, y ello, pienso ahora, por puro disimulo. Pero mi plan estaba cavilado hasta el último detalle, así que continué nuestros pasos hasta la siguiente esquina, donde habían enormes ventanas con ropas femenina expuesta para ser vendida a horas más convenientes. Como supuse, Mercedes de Triana se detuvo ante tan esplendida exposición de trapos iluminados astútamente por el comerciante, que sin duda sabía que a todas las horas hay mujeres embelesadas con sus ropas. El objetivo de esa maniobra era que la moza perdiera la orientación y poder, así, dirigirla a una calle corta cuyo nombre ignoro y que desemboca en la de Santo Domingo de la Calzada, por la que iríamos de nuevo a la del señor Montoto y, cerrando el circulo, arribaríamos de nuevo ante la puerta del lujoso parador donde, según el resultado e mis observaciones de la moza, podría ser más directo en mis pretensiones. 


La calle sin nombre, amigo J, lo es porque no lo recuerdo y no porque no lo tuviera, ya que lo único que me evoca la mencionada vía son malos recuerdos. Y esa mala experiencia es un robo, amigo mio, un robo que sufrí días más tarde a los que ahora estoy narrando, pero no puedo dejar de hacerte una referencia a aquella aventura. Veras: como te digo, esto sucedió días después a los que tenemos ahora entre manos, por lo que mi grado de confianza y conocimiento con Mercedes de Triana había llegado incluso hasta la puerta de su casa, que por cierto no estaba en Triana, sino en la zona éste de la ciudad, no siendo la primera vez que me dirigía hasta su hogar con un vehículo motorizado para invitarla a montar y pasear por la villa. El dia en que fui robado dejamos el vehículo en la mencionada calle sin nombre, donde hay un mesón con un excelente jamón y un vino de muy alta calidad. Allí fui con la trianera y allí cenamos a base de jamón, queso y otras suculentas viandas que acompañamos de un vino exquisito. La cena se prolongó casi tanto como mis cartas, y cuando salimos ya era entrada la media noche -era parte de mi plan, lo confieso: acabar tarde la cena y estar a tiro de piedra del parador- y la calle, que tan cerca está de tan principal establecimiento, sufría de oscuridad y soledad. Y allí mismo nos robaron unos malnacidos, amigo mio. Poco se llevaron los mangantes, que después de tan opípara cena quedé con mis bolsillos repletos de aire y vacios de monedas. Los malvados, como venganza a tan magro botín, se apoderaron de nuestros relojes y de las pocas alhajas que llevábamos. No fue de mucho valor el saqueo, pero sí lo suficiente para  ponerlo en conocimiento de la la autoridad, por lo que nos dirigimos al cuartelillo más próximo y que era conocido por la joven sevillana. -¿Cómo es que conoces éste lugar?, le pregunté. ¡Y vaya sorpresa, hermano!. Después de unos instantes de silencio Mercedes de Triana tomó aire y con gesto de circunstancias me habló de un tirón: -Mi señor padre y mis hermanos, todos mayores que yo y que suman cuatro, pertenecen al noble cuerpo de alguaciles de la villa. Mi silencio resonó hasta en los barrios más alejados del municipio, pero dadas las horas y las circunstancias reconvertí en provechoso lo que en otro escenario se me hubiera asemejado un punto delicado. 


Como sin duda te temes, estimado J, acabé la noche rodeado de quinquis, malhechores, borrachos, putas, alborotadores y un funcionario municipal detenido en una casa de lenocinio gastando a manos llenas los dineros municipales. Y te digo que si el año tiene cerca de cuatrocientas noches ésta era la menos apropiada para tal aventura ya que, a costa de buenas propinas a los mozos de mi alojamiento, había dispuesto que el lecho de mi aposento estuviera acariciado por sábanas de seda, que colocaran una botella del espumoso francés que tanto me ayudó a seducir a la bella sevillana la primera noche, que músicas celestiales sonaran al paso de la joven, que un experto en efectos lumínicos dotara a mis aposentos de un aire meloso y tierno...y todo para nada, querido amigo, ya que después del mugriento y cochambroso cuartelillo donde estuvimos por más de tres horas, no quedaba otra que suplicar, a ritmo de Julio Iglesias, aquello de "que no se rompa la noche/por favor, que no se rompa...", aun sabiendo que ya no tenía reparación. Y no la tuvo. Acompañé a la muchacha hasta el este de Sevilla, allí donde convive con padre y hermanos, todos alguaciles.


¡Vaya, hermano, me he vuelto a exceder! Otra vez me he alargado con mis historias sin haber avanzado apenas en los sucesos de la noche sevillana. Ya ves, mo más de unos metros. En mi próxima misiva me centraré en los sucesos de esa noche, que aún me tienen hechizado.


Un fuerte abrazo de tuamigo Búho

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