25 sept 2009

8.

Querido J.
Te contaba en mi anterior carta, paciente amigo, la manera en la que había llegado a tan confortable y lujoso parador y el regocijo que nos embargó a mi y a mis viejos camaradas al encontrarnos en tan prometedora e inesperada reunión. Si no me flojea la memoria -cosa que no es de descartar después de tanto sobresalto como he he sufrido estos últimos días- te relataba el momento en el que entramos al local que comunica con el parador y que hace las veces de taberna de altos vuelos. ¡Y qué ambiente, hermano!.Y me vengo a referir a la decoración, porque en lo tocante a la animación no contaba más que con la que aportábamos nosotros, los únicos que gozábamos de tan magnificas instalaciones (abro paréntesis para decirte que no estábamos solos, hecho que supe más tarde y que forma parte de la historia que sucedió más adelante), que está formada, como ya te referí, estimado amigo, de un piano con su concertista y todo, y que en el momento en que nosotros entramos estaba interpretando una pieza de Julio Iglesias (sabes mejor que nadie /que me fallaste.../ sabes a ciencia cierta/ que me engañaste/aunque nadie te amaba/igual que yo.../Échame a mi la culpa/de lo que pase...y así), aunque sin vocalista,sólo con la melodía que salia del instrumento, y a pesar de eso la entendí, cosa que me sorprendió. También cuenta el local con espejos detrás de la barra acolchada desde donde, por cierto, sirven los licores unos caballeros con chaleco negro, camisa blanca y canas en las sienes; por lo visto los servidores más jóvenes y las camareras los reservan para lo que llamaban la "boat", como pudimos comprobar más tarde. La luz de la elegante taberna no surge del techo, como es la costumbre, sino de unas lámparas cortas y de color verde colocadas sobre cada una de las pequeñas mesas redondas de madera oscura; únicamente sobre el mostrador acolchado han tenido la cautela de reforzar la intensidad de la luz, sin duda por ser donde se manejan los dineros.

En éste establecimiento, que ya imaginarás docto amigo que yo ya conocía por mis anteriores viajes, estuvimos una hora y quince minutos más, lo que suelen ser dos bebidas, o tres, según el bebedor. Pagamos unos buenos duros por los licores -es por lo elegante del lugar, se disculpaba el mozo- y desfilamos hacia una puerta que comunica directamente con la calle dedicada a Don Luis Montoto, evitando así cruzar los suntuosos salones del establecimiento, que dado nuestro crecido ánimo jovial quizá hubiese resultado comprometido para los alguaciles que guardan el buen nombre del reputado parador. Cuando ya iba a alcanzar la puerta mi mirada tropezó con una figura sentada a una mesa, que, sin lugar a dudas, pertenecía a una muchacha esbelta y de rostro agraciado que en ese momento, y por la manera con la que paralizó mi mirada con sus ojos de tigresa, me pareció procaz y descarada. Acontecimientos que acaecieron con posterioridad abrieron mi mente y me revelaron que no era procacidad ni descaro, sino que formaba parte de la vida misma.


Sin más entretenimiento salimos del local en ruidosa camaradería, tal como corresponde a una cuadrilla de españoles que  fuman y beben, y que libres de ataduras femeninas están ansiosos por demostrar su hombría.


De cómo transcurrió la historia ya te iré dando cuenta, amigo J, que a punto he estado, al calor de los recuerdos, de incorporar aristas inconvenientes a este relato. Y no es eso lo que yo quisiera.


Con la íntima esperanza de que podamos reunirnos pronto, un abrazo. Búho 

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