Querido J.
Traigo novedades, y son buenas nuevas.
Después del exabrupto con el que acompañaste la publicación de mi última carta, he tomado la determinación de desvelarte que ha transcurrido más de una semana y menos de dos desde que inicié un viaje a modo de ensayo. Si te lo había ocultado, amigo J, es por el temor a que te alarmaras en exceso, y no es ese mi propósito.
Es el caso, asombrado amigo, que me encuentro en tierras Béticas, en concreto en su urbe más principal, la más conocida como Sevilla; grandiosa, hermosa y con gente jovial y en extremo encantadora. Según cuentan es una villa con duende. Eso dicen. Yo ya conocía las gracias que adornan la ciudad porque, como sin duda recordarás, había realizado innumerables viajes a esta tierra por asuntos de negocios. Pero te confieso, amigo mio, que no hay ocasión en la que no me emocione al contemplar su caudaloso río, sus frondosos jardines, su afamado coso taurino, su majestuosa catedral o sus otros edificios que transpiran historia por cada poro de sus viejas piedras. Edificios que reflejan oro; edificios que con ochocientos años de vida y de experiencia siguen siendo los de mayor altura de la ciudad; edificios construidos con manos árabes y ganados para la causa de la cristiandad. Es sin duda, comprensivo amigo, un buen lugar para tantear mis dotes viajeras. Y en ello estoy.
Como ya he narrado, conozco la ciudad desde hace tiempo, por lo que no me resultó difícil encontrar el lujoso lugar donde, más por deslumbrar a mis compradores que por necesidad de comodidades, pernoctaba en los tiempos que me dedicaba al mercadeo. Y fue allí, junto al mostrador donde recepcionan a los viajeros, donde me tropecé con unos antiguos camaradas de sufrimientos y de verbenas. Y todo ello con gran jolgorio y alegría por parte de unos y de otros: abrazos, risas, gritos, saltos, palmetazos en la espalda, parabienes y alguna lágrima que otra empujada por la emocion y los recuerdos. Los recepcionistas, mozos, limpiadoras, alguaciles y demás personal del establecimiento, así como otros viajeros que allí estaban, nos miraban desconfiados sospechando que actuábamos movidos por el exceso de vino o de aguardiente. Fue un bonito espectáculo. Después de quince minutos de saludos convenimos que en otros quince minutos nos volveríamos a encontrar en en mismo lugar, pero ya una vez acomodados los que acabábamos de llegar.
Subí a la habitación que me había asignado una bella señorita, la revisé con añoranza recordando tiempos ya pasados, me aseé y cambié mi ropa por otra más aparente; y todo ellos en los quince minutos que teníamos como límite. Una vez reunidos nos dirigimos a un local adjunto provisto de un piano en el centro y de una barra acolchada por donde corrían los licores en anchos recipientes de vidrio.
Lo que ocurrió después en los lugares antes mencionados, sitos en las calles dedicadas a Don Luis Montoto y a Don Luis Morales, te lo iré narrando según le vaya dando forma y tras limarlo de aristas inconvenientes y que poco o nada contribuyen a la compresión de los acontecimientos. Para ir abriendo boca, hermano, te adelantaré que son hechos que sólo a los íntimos se les puede confiar y que, desde luego y como comprenderás cuando los conozcas, se trata de vivencias que difícilmente un hombre puede olvidar mientras viva. Salvo, claro está, que otras experiencias de mayor intensidad cubran la memoria de las primeras. Todo se andará.
Un abrazo de reconciliación. Búho.
veo que has encontrado el modo de poner el cuadro con el reporte de entradas al blog! un consejito...debajo donde pone options pinchalo y selecciona ignore my browser y así no aparecen tus visitas sino sólo las de los que entremos desde otra ip!
ResponderEliminarbesitos para tí y recuerdos para búho!
gracias, a ver si sé.
ResponderEliminar